
El otro día leí en un libro: “cuando el discípulo está preparado, aparece el maestro”. Es un viejo proverbio budista, que casi todo el mundo lo ha escuchado o leído alguna vez.

Pienso que este proverbio, se puede interpretar de otra forma (que también es aplicable a los temas científicos): el “discípulo”, que somos todos y cada uno de nosotros, se está preparando diariamente. La vida nos propone múltiples pruebas (nuestras propias circunstancias y experiencias vitales). Estamos inmersos en un ambiente, que si somos observadores y atentos, facilita el aumento de nuestro conocimiento.
Se cruzaran en nuestra vida, múltiples seres humanos, que nos darán (unos conscientemente y otras inconscientemente) valiosa información. También caerán en nuestras manos diferentes libros, películas, documentales (que son los pensamientos y experiencias de otros seres humanos), de los que siempre podremos extraer, más información
. Si estamos “receptivos y atentos”, todo esto hará que aumente nuestro “nivel de conciencia”. También podemos ser activos en el proceso y buscar experiencias propias, como por ejemplo: “meditar”. Con la meditación podemos acallar el “ruido mental”, de esta forma facilitaremos el aumento de nuestra capacidad de “comprensión” (-comprender-, que bonita palabra. A mí me sugiere la imagen de abarcar con nuestros brazos, para “hacer algo nuestro”. ¡Entenderlo!).

Pero para que nuestro pensamiento no sea “ruido ya digerido y procesado”, toda esta información que se cruza en nuestro camino (fruto de la “digestión mental” de otros), debemos analizarla nuevamente con “nuestro propia capacidad de pensar” y combinarla de múltiples maneras, para llegar a nuestras propias conclusiones. Únicas y subjetivas (únicas, porque todos y cada uno de nosotros somos únicos junto con nuestras propias experiencias vitales). Luego, esas conclusiones, podemos compartirlas con los demás (para intentar objetivarlas). Lo contrairo de esto, es quedarnos en simples “repetidores de información procesada” . Todo esto, creo que es el camino para que el “discípulo” esté listo.
Cuando nuestro “nivel de conciencia” esté lo suficientemente desarrollado, como para poder apartar o quizás transformar, esa parte oscura y “egoísta” nuestra, que todos tenemos. Es cuando el discípulo está listo. El “Maestro” podrá manifestarse. La “organización” que lo soporta está preparada. Ese maestro, es nuestro propio “Ser” (ese Yo Soy), del que hablábamos hace unas semanas en este blog.
En resumidas cuentas, el discípulo y el maestro, somos nosotros mismos. Simplemente los separa un “periodo evolutivo: físico-material y de conciencia”. Como al niño del adulto.
Composición principal de nuestra colaboradora. Resto, tal y como aparecen en internet.